martes, abril 28, 2009

El síndrome de Jermain Taylor

Síndrome de Taylor


Taylor derriba a Froch en el tercero, 
cuando todo estaba por empezar


La derrota de Jermain Taylor a manos del invicto británico "La Cobra" Carl Froch por el título Supermediano del CMB, invita a redebatir algunas referencias y definiciones de manual.

El boxeo es un arte libre-expresivo por excelencia y es particularmente intolerante a la posibilidad de dejarse arrinconar contra las cuerdas de algún encasillamiento subjetivo. Pero nada parece más cercano a la verdad y verificable a estas alturas, que la expresión tautológica que reza que el boxeo no es ni más ni menos que "el arte de los boxeadores".

Y valga la redundancia para señalar que más allá de toda definición, la profesión y el pasatiempo del hombre de ring nunca está por delante de la naturaleza y del alma misma del hombre de ring.






sobre el final llueven las balas y Taylor
queda devastado por su propia indefesión




Antes de poner en práctica los conceptos de su oficio, por más preclaros que se los tenga, el primer interrogante que debe despejar el púgil antes de subirse al ring, es el de saber si se es o solo se desea ser un boxeador.

Ninguna técnica, dominio, pericia ni aprendizaje adquirido, ningún talento pulido o desarrollado, lleva por si solo al hombre o mujer que desea boxear a convertirse en un boxeador.



25/04/2009 - Foxwoods Resort Casino,
Mashantucket, Connecticut, United States


Jermain Taylor vs Carl Froch


No se puede definir excluyentemente que boxeador sea todo aquél que "va al frente, a pegar, a recibir y a volver a pegar" y que boxeo no suponga tener también una estrategia, una línea, un estilo o una estudiada carta de recursos para contener y afrontar las diversas situaciones de la contienda.

Pero luego de decantar los rudimentos más básicos, lo único que presupone e identifica al boxeador es su plena y clara resolución a dar y a recibir, eventualmente, cierto castigo. Y una inclaudicable disposición a responder al mismo y a reponerse siempre ante los duro trances que deriven de recibir o dar castigo. Y a seguir haciéndolo hasta llegar a "los límites" particulares que impone la dura actividad del boxeo.

El boxeador nunca se prepara para recibir castigo, es cierto, sino para evitarlo. Pero ante la eventualidad de recibir castigo no podrá decir que este era inesperado, o que no estaba preparado para recibirlo. Tampoco puede quedar a mitad de camino, irresoluto, a la hora de encontrarse forzado a definir por la administración de castigo a su rival.

"Ser boxeador" es la única preparación que se espera de todo púgil. Esta verdad de perogrullo es la única certeza ciega que encuentra comprobación en la realidad a la hora de trepar al entablado.

Y el límite hasta el que debe estar dispuesto a continuar, es el que queda impuesto por la presencia del rival. Por la presencia de las adversidades inesperadas y por la presencia de las oportunidades que deben ser aprovechadas.

Por cierto que el boxeo no es un deporte tan individual al fin, en un estricto sentido de la palabra. La comprobación de los propios límites surge de la presencia de otros competidores. Y de las circunstancias. El púgil superior es únicamente el que se ha medido ante los mejores adversarios y ante las más duras adversidades y... oportunidades. Y ninguna otra cosa más que conservar supremacía aún delante de esos límites, es lo que genera a los mejores boxeadores.

No se puede ser el mejor "libra por libra" solo por relucir records o cinturones, ni se puede siquiera aspirar a ser reconocido como boxeador de casta sin haber superado efectivamente los límites que fijan rivales y las contingencias adversas o favorables, pero siempre inesperadas.

Y el artesano boxeador, de acuerdo con los cánones primarios del rudo deporte, está obligado a valerse primordialmente de sus puños. Y en posterior instancia, podrá valerse también de sus piernas o también de los artilugios y artimañas. Pero en ese orden, no en el opuesto.

Ningún tipo de boxeo, por virtud fundacional, podría enaltecer otro mérito que aquél exhibido por el boxeador que más y mejor pega, más y mejor encaja o tolera los golpes, menos corre y mejor reacciona ante la adversidad o la fortuna. Porque la técnica y la elegancia brillan si, cuando van acompañadas al fudamento virtuoso del peleador, nunca si se dan desprovistas de él.

El perfil del púgil ideal requiere del balance perfecto entre los componentes y los atributos.

Buena pegada o buena capacidad para golpear, buena capacidad para asimilar los golpes del rival, coraje o corazón para salir airoso de los momentos difíciles y a la vez naturales del boxeo, buenos recusos técnicos para otorgar realce y valor agregado a la tarea de imponer la superior fuerza, calidad o voluntad, e inteligencia, para identificar las mejores dotes a emplear sin abstenerse de hacer honor a los mandatos del ideal deportivo.

En ese marco, el boxeador que confía en la superioridad de ese balance competitivo integral no anda con rodeos, va y pelea. El que no confía más que en sus recursos técnicos o en su potencial atlético, está perdido arriba del ring.

Es un engaño mayúsculo suponer que en el boxeo se puede llegar a ser "superior" solo con "tecnica" o preparación física.

Esa será siempre una superioridad apenas relativa, sino directamente engañosa, que derivaría de no haberse cruzado aún con la horma de su zapato, o con los trances de la verdadera contienda. Sería el engaño o Síndrome de Jermain Taylor por llamarlo de alguna manera.

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jueves, abril 16, 2009

Chris Arreola, una nueva esperanza americana

Arreola carga una sangre que le pide
a gritos medirse en una pista grande


y el mundo grande del boxeo se aferra a la gran esperanza que ya despierta


Anduvo trajinando desde muy jóven por casi 200 peleas amateurs. Desde muy temprano y hasta los 21 años alternó con rivales de categorías semipesado y crucero; lleva ya juntadas 27 victorias en igual cantidad de presentaciones como profesional de los pesos completos; y exhibe un rosario de 24 nocauts casi consecutivos (porque el raid se quedó estropeado con 2 triunfos obtenidos por la via de la descalificación y otro más por decisión unánime, en 6 rounds).

Cristobal Chris "La Pesadilla" Arreola ha llegado al punto de su carrera de pugilista, en el que la consistencia competitiva y la persuación que infunden sus puños y sus números, obliga a los críticos a la ardua tarea de caracterizar su rolliza figura, con alguna rotulación que descifre su posicionamiento real entre los valores que componen el paisaje de la máxima categoría divisional del boxeo, o mejor dicho el paisaje que delata la ausencia o aciaga escaséz de tales valores.

Hay ciertos entendidos que reparando -demasiado talvez- en el discreto escalafón de los rivales que lleva enfrentados, optan por denominarlo de manera entre despectiva y ocurrente, como ex prospecto.

El absurdo adjetivo es un giro dialéctico que intenta remarcarle al muchacho de 27 años, angelino de nacimiento y de pura raíz mexicana, que ciertamente está próximo aunque no del todo pronto para ocupar el lugar que le asignan sus envalentonados seguidores, su contundente pegada y sus credenciales amateur y pro.

Lo único que no puede obviarse por estas horas, es la dimensión del atractivo y del potencial de explotación mediática que constituye su doble condición de norteamericano y de azteca.

29.11.2008
Chris Arreola v Travis Walker.avi

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En casi 100 años de actividad fistiana, Mexico no ha dado grandes peleadores de peso completo. Salvo raras excepciones como Alfredo Zuany, Mauricio Villegas, Manuel "Pulgarcito" Ramos o el crucero David "El Macetón" Cabrera, ninguno de los cuales alcanzó a alentar chances ciertas de consagración ecuménica, la presencia mexicana entre los nombres de los 1000 mejores pesados de todas las épocas, ha sido casi nula.

Por motivos históricos opuestos, el boxeo norteamericano de peso mayor, que siempre sobresalió con brutal superioridad de número y calidad respecto del resto del mundo, se fue alejando paulatinamente de sus mejores días de explendor en una aniquilante declinación que comenzó hace más de tres décadas, y que vió el eclipse de su larga supremacía, primero con la irrupción del británico Lennox Lewis en los años noventa, y luego con el avance de una pléyade de robustos y corpulentos boxeadores originarios del antiguo territorio de la ex Unión Soviética, que con el protagonismo excluyente de los hermanos Vitali y Wladimir Klitschko, fue evaporando el surgimiento de cada una de las contrafiguras que el antiguo imperio boxístico de la Norteamérica le ha presentado todos estos últimos años.

Alargando la vista hasta las nutridas huestes de pesados estadounidenses que jalonaron la gloria de los años sesenta y setenta, recordando las estilizadas figuras atléticas de entonces, los moldes estilísticos y la personalidad desbordante y extridente de todos ellos, uno no puede quedar más que asombrado ante la sequía del presente. Es así comprensible y hasta lógico que ahora exista una gran porción de críticos y aficionados de todo el mundo que aparezca reticente a comerse el vidrio de las apariencias.La abultada y desidiosa silueta de Chris Arreola no es más que el signo que retrata el achatamiento de aquella jerarquía soberbia de antaño, si, y hasta los límite más paupérrimos. Bien se podría decir que Arreola es uno de los mejores entre la peor camada de boxeadores que ha dado la historia pugilística de Norteamérica. Pero no existe duda que hoy por hoy, sin más remedio que el de repeler los argumentos de la nostalgia, habría que concederle a Arreola todo el derecho a la ilusión, si más no fuera por el princio de la duda razonable.

Pero yo pienso que sin llegar al extremo del optimismo exagerado, hay algunas buenas razones para fundar que Arreola es más que un buen ex prospecto.


Chris Arreola v Travis Walker


Y al apuntar las razones, se podría comenzar por citar la apuesta que ha decidido tomar por él, hace menos de un mes, uno de los mayores agentes deportivos del mundo como es el abogado Leigh Steinberg, que fue representante del mismísimo Oscar de la Hoya y que apadrina a una docena de luminarias del baseball, football, basquet NBA, y otras actividades deportivas masivas del área de Los Angeles. O el contrato de exclusividad publicitaria que la poderosa franquicia de bebidas energizantes Whos your Daddy ha firmado con el boxeador latino este pasado 8 de abril, unos días antes de su última victoria por nocaut ante Jameel McCline.

Siguiendo con las razones, se podría también mencionar el trayecto (para diferenciar al término de lo que es su trayectoria o palmarés) que viene observando el púgil azteca. En su primer época amateur Arreola tuvo períodos de prolongada inactividad a causa de una permanente indecisión acerca de si tomar al boxeo como una carrera que exige entera dedicación, o no. Eso le causó más de un trastorno de condición atlética y de peso.

Al inicio del profesionalismo en 2003 su peso era de 233 lbs. Despues, a causa de esos avances sincopados producto de su indefinición vocacional, para su cuarta pelea en el 2004 ya rondaba las 251 lbs, y haciendo ostensibles esfuerzos para controlar el sobrepeso, ha venido desde entonces variando períodos de dedicación mayor o menor al trabajo de gimnasio que acompañan subidas y bajadas sobre aquellos mismos valores del comienzo. Su principal obstáculo para dominar el control de la balanza no ha sido su metabolismo ni su talla de 193 centímetros, sino su propia falta de convencimiento profesional.


"Realmente no sabía si el boxeo iba a llegar a ser una carrera para mi. No estaba seguro al pasarme a Pro y una vez que lo hice, me tomé las cosas de a una pelea por vez. Pero entonces empecé a noquear rivales y gradualmente empecé a pensar, 'Hey, talvez pueda hacer algo de plata haciendo esto"
Todo parecería sugerir, que con una debida motivación, como la de estar delante de algún desafío mayor y en vista a sus escasos 27 años de edad, Arreola todavía esté a tiro de quemar unas 20 o 30 libras de grasa y transformarlas rápidamente en contorno o musculatura más armoniosa.

Vale destacar que en el interin de los últimos 4 años, por el hecho de estar radicado en la ciudad californiana de Riverside tuvo la enorme fortuna de poder colocarse a mano en carácter de sparring y acumular experiencia guanteando con figuras de la talla de
Wladimir Klitschko, Hasim Rahman (vencedor de Lennox Lewis) o James Toney. Ese es un punto de valor agregado, de cara a la alta competición, que pocos tienen en cuenta. Significativamente Arreola eligió los servicios de un entrenador jóven (31) e hiperpositivo como Henry Ramírez, que le apuntaló la confianza anímica y lo ha llevado por caminos de éxito constante y progresivo.

No parecen de menoscabo sus triunfos ante
Zakeem Graham (10-1-0) cuya única caída había sido ante el experimentado Ruslan Chagaev, o ante Malcolm Tann (23-2-0) o frente a Thomas Hayes (26-1-0) todas por nocaut en los primeros rounds.

Y ahora, sus presentaciones del año pasado con triunfos categóricos en los terceros rounds ante
Israel Carlos Garcia y Travis Walker lo han catapultado también como atracción propicia para la plata fuerte de Las Vegas y desde entonces, ha caído bajo el spot de luces de la cadena de cable HBO, que ha manifestado reiteradamente su plena satisfacción con la gran trascendencia que viene rodeando la eclosión de su fenómeno de popularidad dentro de la afición latina. Su imagen viene escalando de una manera clara, distinta, y superior respecto de otros prospectos recientes.

Y están también los motivos técnicos. Más allá de la pegada fulminante, como patada de caballo, que está largamente proporcionada y correspondida con su peso, viene también su habilidad para ejecutar combinaciones de golpes de nocaut. Decirlo suena fácil, pero es extremadamente llamativa la simpleza con la que Arreola consuma los movimientos de remate ante distintos perfiles de rivales y ante diversas ocasiones de ataque. En la mayoría de sus acciones decisivas solo destacan 3 o 4 percusiones profundas que causan todo el estrago.


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Comunmente se dice que un directo siempre prevalece sobre un gancho, pero Arreola tiene asimilado otro axioma, y es el que le marca que un violento uppercut es el mejor vuelto de cambio para propinar en el cruce y que en el universo de los pesos pesados, suele abrir profundos callejones por donde, con menor exposición a las réplicas, se filtran posteriores lanzamientos de largo recorrido y de guardia abierta.







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La secuencia podría aparecer tan violenta como rudimentaria, y es casi seguro que es así como se ve. Pero eso no quita que ha resultado ser un mecanismo tremendamente eficaz para este boxeador, tan lento en sus desplazamientos y hasta extremadamente incauto para ceder los cambios de golpes siempre cerca del centro del ring, donde alguno de sus hipotéticos rivales del futuro, tendran un handicap de decisiva ventaja por outreach y por rapidéz de piernas.

La puerta del éxito de Arreola y la reivindicación parcial de la tradición histórica norteamericana no necesariamente tendrían que venir por un cruce inmediato con alguno de los Grandes Hermanos de Ucrania. Pero es dable pensar que la enorme conmoción mediática que acontecería con el mero rumor de estas peleas, imanaría a púgiles, promotores, realizadores, productores y cadenas de cable a concertar la pelea cuanto antes y tomar los suculentos dividendos que el proyecto daría en cualquiera de las plazas norteamericanas.

Asi, con ese estado atlético en el que Arreola acaba de presentarse frente a McClean sería decepcionante. El americano no tendría la menor chance con ninguno de ellos. Pero su puesta a punto dentro del rango de las 220-230 libras, combinada con la prudencia del escalamiento de posiciones del ranking por una senda sensata, como la que supondría llevar a cabo 3 o 4 peleas previas ante por ejemplo, Eddie Chambers, Alexander Povetkin, Samuel Peter, o inclusive ante Ruslan Chagaev o David Haye, y siempre que Arreola se convenza de que el boxeo es su gran posibilidad de consagración en esta vida, lo podría llegar a colocar en un plazo de apenas 1 año delante de un panorama ciertamente más propicio.

Si Arreola optara por esta ruta, esperando un mejor momento de aptitud física, el poderoso Vitali podría estar acercándose a los 39 años y talvez se acotaran las enormes brechas de velocidad y experiencia entre uno y otro, o quizas Vitali directamente se retirara, dejando el campo libre a su hermano Wladimir, que también rondando los 35 se colocara levemente más accesible para las aspiraciones de todos, entre ellos Arreola. Pero tal premonición, podría también ser engañosa si nos atenemos a las recientes exhibiciones de Bernard Hopkins ante Pavlik o de Mosley ante Margarito.


Arreola ha demostrado tener una gran resistencia física, de encaje, al castigo al que fue sometido por varios pasajes delante de sus últimos rivales. Esa sería la última razón de peso valedero para otorgarle crédito de una chance plena ante los popes de esta era.


De todas las dotes mencionadas, sospecho que su uppercut es la carta principal. Que su consagración en los pesos pesados llegara algún día por esa vía, no sería del todo novedoso, pero después de los lejanos tiempos de Mike Tyson auspiciaría un probable Renacimiento de la categoría más añorada. Un renacimiento en el mismo lugar en donde tuvo su apogeo el antiguo pasado Clásico.



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viernes, abril 10, 2009

El boxeo bajo la lupa de Bob Dylan


Bob Dylan

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"Cuántas calles deberá un hombre recorrer antes de que pueda ser llamado ‘hombre’ ¿cuántas balas de cañón deberán volar antes de que sean descartadas para siempre? ¿cuánto tiempo deberá vivir cierta gente antes de que se le permita ser libre? ¿cuántas veces deberá un hombre levantar la cabeza antes de que pueda ver el cielo?" (Blowing in the Wind, Bob Dylan)

La canción conserva intacta la fuerza y la frescura que tenía al momento de nacer, allá por 1963. El autor mismo solía introducirla con otras palabras, no menos rotundas, cada vez que comenzaba a entonarla:
“Creo que entre el gran número de criminales que existe, se pueden contar a los que vuelven la cara cuando ven el mal y saben que es el mal. Yo no tengo más que veintiún años y sé que se han hecho ya demasiadas guerras; Ustedes, los que tienen más, lo deberían saber aún mejor. Ahora, la mejor forma de responder a las preguntas de la canción, es exponiéndolas.”

La influencia de Dylan, sobre la música, valores, estilos y dinámicas que revolucionaron la vida del planeta desde principio de los sesenta, ha sido extensamente abordada por miles de crónicas, reportajes, análisis y documentales, y ha sido estudiada prolíficamente por sociólogos y referentes del arte y la cultura.

Muy rara vez, aquello que son apelaciones exabruptas de una expresión juvenil han estado cargadas de tamaña lucidéz, mordacidad y han sido tan conmocionantes, como para sacudir de manera global a la sociedad humana. Desde la simpleza con la que el autor desgrana sus ideas, apenas armado de una pastosa voz y una guitarra, viene a enrostrar a su generación, y al mundo que luego le sucede, toda la inmoral y agotada vigencia de ciertas formas. Racismo, violencia, impunidad, irracionalidad son desgranadas en coplas comunes, colocando siempre a su referente, el hombre distraído, delante de las más obvias y catastróficas huellas de su propia auto-degradación.

Con el boxeo como temática, Dylan lleva su filosa daga hasta el hueso de dos polémicas cuestiones. El racismo que surca transversalemente la historia de Rubin "El Huracán" Carter, mediano entre los años 1961-1966, que venció a Emile Griffith (ko1), y a Jimmy Ellis entre otros y que fue a la cárcel por casi veinte años, acusado de un triple homicidio supuestamente cometido en 1966 y del que, en 1988, la misma fiscalía de New Jersey terminó retirándole los cargos. La canción "El Huracán" (The Hurricane) data de 1975 pero Dylan, junto a Muhammad Ali, han venido al frente de la denuncia pública del carácter racista de esa condena desde mucho antes.

La restante obra de Dylan "¿Quien Mató a Davey Moore?" utiliza al boxeo como el centro de una reflexión sobre el carácter aberrante y esquizofrénico, que supone la realización de espectáculos meramente distractivos donde se "juega" con la vida de seres humanos. El plano de referencia es aquí la infausta pelea celebrada en Los Angeles, en 1963, por el título pluma del CMB y la AMB entre el campeón de ese momento, el norteamericano Davey Moore (sin ninguna relación con el homónimo de la anterior crónica de la pelea con Roberto Durán), y el aspirante número 1 del ranking e invicto cubano radicado en México Ultiminio Ramos Zaqueira, (a) Sugar Ramos. La pelea culminó con la victoria de Ramos por abandono del campeón que no salió a disputar el undécimo asalto. A pesar de salir del ring caminando por sus propios medios, e incluso dar entrevistas a los reporteros por otros 40 minutos, Davey Moore, "El Pequeño Gigante" de Springfield-Ohio, se desvanesció luego y fue internado en un hospital donde permaneció inconsciente durante 4 dias, muriendo finalmente a causa de una fractura en la base del cráneo. Los neurólogos determinaron que por la ubicación de la lesión, esta nunca pudo ser causada por un golpe de Ramos. Posteriormente se llegó a la conclusión que en la primera caída, cuando el campeón cayó de espaldas, el accidental golpe contra la soga inferior fue como una especie de golpe de karate, aplicado precisamente y de un modo tan extraño que hubiera sido dificil de reiterar. Como ocurriera luego con otras tragedias acaecidas en el boxeo, el hecho impulsó modificaciones reglamentarias como la obligatoriedad de acolchar todas las cuerdas y esquineros y sumar una cuarta soga para reducir la incidencia de este tipo de lesiones en ocasionales caídas.

La coherencia artística de este creador no se dirige contra los valores de la actividad deportiva del boxeo, de los cuales Dylan es habitual seguidor y practicante, sino contra "el negocio" de la diversión irresponsable y contra la hilarante y triste necedad del hombre, cuando por la práctica de cualquier actividad se jacta de haber adoptado una injusticia como "su íntima forma de ser," sin haber revisado previamente el grado de responsabilidad que asume a cambio de la cuota de distracción en la que se abandona y relaja su conducta.

¿En cuánto ha mejorado el mundo desde Bob Dylan? esa podría ser la temeraria pregunta sin respuesta, que siempre nos queda como Flotando en el Viento


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"The Hurricane"
por Bob Dylan y Jacques Levy

Se oyen tiros de pistola en la noche del bar,
Patty Valentine baja desde la planta alta.
Ve al camarero tirado en un baño de sangre,
exclama llorando "Dios los han matado a todos!"
Y ahí empieza la historia de The Hurricane,
el hombre que las autoridades llegaron a culpar
de algo que nunca hizo.
Lo tiraron en la cárcel, aunque alguna vez pudiera
haber sido el campeón del mundo.

Los cuerpos que ve Patty tirados ahí son tres y al
hombre llamado Bello merodeando misteriosamente.
"Yo no lo hice," dice, y levanta sus manos
"solo estaba robando la caja, espero lo entiendan.
Los ví cuando se iban" afirma, y no dice nada más
"Alguien de nosotros debería llamar a la policía"
Y así Patty llama a la policía
y llegan a la escena con sus linternas de luces rojizas
en la noche caliente de New Jersey

Mientras, muy lejos al otro lado de la ciudad,
Rubin Carter y un par de amigos circulan con el auto.
Retador número uno a la corona de los medianos
No tiene ni idea de la clase de mierda que se avecina.
Cuando el policía lo hace parar al costado del camino
Como ocurriera una y mil veces antes
en Patterson es la forma en que las cosas suceden
Si sos negro sería mejor que no salgas a la calle
salvo que quieras provocar.

Alfred Bello tenía un socio que tenía deudas con la policia.
El y Arthur Dexter Bradley andaban casualmente por ahí.
Dijo que "Vi a dos hombres que escapaban, se veían como
de peso medio, saltaron en un auto blanco con patente de
otro estado." Y la señorita Patty Valentine lo confirmó con la
cabeza. Y el policía dijo "Muchachos, esperen un momento,
este hombre no está muerto" Y lo trasladaron a la enfermería.
Y aunque ese hombre casi ni podía ver le dijeron
que podía identificar al hombre culpable.

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Rubin Carter, ayer y en la actualidad


Cuatro de la mañana, y lo arrestan a Rubin,
lo llevan hasta el hospital y le hacen subir las escaleras.
El hombre herido lo contempla con un solo ojo moribundo,
Dice, "¿Para qué lo han traído? ¡Este no es el tipo!"
Si esta es la historia de The Hurricane,
el hombre que las autoridades llegaron a culpar
por algo que el nunca hizo.
Lo echaron a la cárcel, pero alguna vez pudo
haber sido el campeón del mundo.

Cuatro meses después, los ghettos arden en llamas,
Rubin anda por Sudamérica, peleando por ganarse un nombre
Mientras Arthur Dexter Bradley todavía anda jugando al ladrón
Y la policía que trata de cubrirlo, busca a alguien a quien culpar.
"¿Te acuerdas de aquél crimen ocurrido en el bar?"
"¿Te acuerdas que viste el auto de los que huían?"
"¿Crees que te gustaría participar del juego dentro de la ley?
"¿Pensas que pudo ser ese boxeador el que escapaba esa noche?
"No olvides que tu eres blanco"

Arthur Dexter Bradley dijo "Realmente no estoy seguro."
Los policías le dijeron "un pobre tipo como tu debería aprovecharlo,
te tenemos por el asunto del motel y ya hablamos con tu amigo Bello
Ahora no querrás tener que volver a la cárcel, se un buen muchacho.
Deberías hacerle un favor a la sociedad.
Ese hijodeperra es bravo y será cada vez peor.
Queremos patearle el trasero
Queremos abrocharle este triple crímen a él.
El no es el "Caballero Jim" .

Rubin podía acabar un rival con un solo golpe
Pero nunca le gustó hablar demasiado acerca de eso.
Es mi trabajo, decía, y lo hago porque me pagan
Y cuando se termine, cuanto antes me iré a otra parte,
hacia algún paraíso
donde abunden las truchas y el aire sea puro
y pueda andar a caballo siguiendo una huella.
Pero entonces se lo llevaron a prisión
donde trataron de convertir a un hombre en un ratón.

Todas los naipes de Rubin estaban marcados de antemano.
El juicio fue una farsa, nunca tuvo chance de defenderse.
El juez tomó los testigos de Rubin por borrachos de suburbio.
Para los blancos que miraban era un vago pendenciero,
y para sus pares morenos solo era un negro desquiciado.
Nadie dudó de que él había halado el gatillo.
Y aunque no pudieron hacer aparecer el arma,
el fiscal dijo que él era el que había protagonizado los hechos
y el jurado de solo-blancos estuvo de acuerdo.

Rubin Carter fue juzgado de manera fraudulenta.
Acusado de asesinato de grado uno, adivinen quien testificó?
Bello y Bradley y ambos mintieron descaradamente
y los preiódicos, todos se sumaron para cantar a coro.
¿Cómo la vida de una persona tal
puede quedar en la palma de la mano de un loco?
Verlo acorralado de ese modo tan obvio
no puede sino hacerme sentir verguënza de vivir en
una tierra donde la justicia es un pasatiempo.

Ahora todos los criminales de saco y corbata
andan libres para beber martinis y mirar el sol naciente
En tanto, Rubin se sienta como Buda en la celda de 3 metros
un hombre inocente en un infierno viviente.
Esa es la historia de The Hurricane,
pero no estará concluída hasta que limpien su nombre
y le devuelvan el tiempo que le han hecho perder.
Echado en la cárcel, aunquye alguna vez
pudo haber sido el campeón del mundo.





¿Quién Mató a Davey Moore?
(Who Killed Davey Moore?)


Quién mató a Davey Moore, por qué y cuáles fueron las razones?

"Yo no," dice el referee,
"A mi no me señalen con el dedo.
Pude haberla parado en el octavo y talvéz
lo hubiera salvado de su suerte,
pero la muchedumbre hubiera abucheado,
estoy seguro,
al no poder hacer valer su dinero.
Es muy triste que tuviera que morir,
pero yo también estaba cargado de presiones,
ya saben. Yo no fuí el que lo hizo caer.
No, no pueden culparme de ningún modo."

Quién mató a Davey Moore, por qué y cuáles fueron las razones?

"Nosotros no," dice la apenada multitud.
Cuya gritería inflaba el estadio.
"Es una pena que muriera esa noche.
Solo queríamos ver una pelea.
No le insinuábamos que se buscara la muerte.
Solo queríamos ver un poco de sudor.
No hay nada malo en eso.
No, no fuimos nosotros quienes lo hicimos caer.
No, no pueden culparnos de ningún modo".

Quién mató a Davey Moore, por qué y cuáles fueron las razones?

"Yo no," dice su manager,
pitando su enorme cigarro.
"Es difícil decirlo, es duro mencionarlo,
siempre pensé que se sentía bien.
Es una pena para su mujer y sus niños
que ahora esté muerto,
pero si estaba mal debería habérmelo contado.
Yo no fui el que lo hizo caer.
No, no pueden culparme de ningún modo"


Quién mató a Davey Moore, por qué y cuáles fueron las razones?

"Yo no," dice el apostador,
con un pedazo del boleto aun en sus manos.
"Yo no fui el que lo tumbó a la lona.
Mis manos no lo tocaron, jamás.
No cometí ningún pecado horrendo,
incluso le aposté algun dinero a que ganaba.
No fui yo el que lo hizo caer.
No no pueden culparme de ningún modo."


http://static.boxrec.com/wiki/1/14/Fight66890.jpg



Quién mató a Davey Moore, por qué y cuáles fueron las razones?

"Yo no," dice el periodista,
cargando las tintas sobre su vieja máquina.
Diciendo "el boxeo no tiene la culpa,
hay igual peligro en un partido de fútbol"
diciendo "el boxeo está aquí para quedarse,
esa es la vieja manera de ser americana.
No fui yo el que lo hizo caer.
No, no pueden culparme de ningún modo.

Quién mató a Davey Moore, por qué y cuáles fueron las razones?

"Yo no," dice el hombre cuyos puños
lo pusieron a dormir en la nube de brumas,
que vino hasta aquí desde las tierras Cubanas,
donde el boxeo ya no es permitido.
"Yo le pegué, es verdad,
pero es para eso que me pagan.
No lo llamen 'asesinato', ya no digan 'matar'.
Solo fue el destino, la voluntad de Dios."

Quién mató a Davey Moore, por qué y cuáles fueron las razones?


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Ciertamente que la mejor manera de responder a las preguntas de las canciones de Dylan, como lo dice la propia cita del cantautor más arriba, es cantándolas. Pero en el caso de Rubin Carter, se podría agregar que la contundencia del testimonio de su vida debería hablar de por si, y ser una respuesta suficiente.

Si fué o no fue culpable, como aún hoy se sigue discutiendo con abundates referencias a favor y en contra, y donde invariablemente se sigue filtrando la cuestión racial desde principio, resultaría totalmente irrelevante a luz de dos elementos de la realidad: Rubin cumplió un tiempo de prisión mayor al que le hubiera correspondido por los crímenes que le imputaron y por los que fue condenado, ya que a causa de su buena conducta hubiera debido ser liberado mucho antes. En otro orden, el testimonio de la figura humana que emerge
a posteriori del cautiverio, el hombre de las dimensiones "humanas" y sensibilidad superiores al promedio, da una pauta de la profunda injusticia que supuso el oscuro avasallamiento de sus garantías individuales.

Huelga reflexionar a la luz de esta evidencia de vida, si el sitema judicial y penitenciario americano cometió el error de liberar a un triple homicida o si en realidad propició el encarcelamiento de un ser inocente, durante casi veinte años.

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Pat Valentine y Alfred Bello

Carter, lejos de ser la persona arruinada u ofendida por una atroz injusticia, es hasta hoy en dia un hombre de una imágen pública ejemplar. Se radicó en Toronto-Canadá y recibió dos doctorados honoríficos en leyes por una universidad canadiense y otra australiana. Hasta el 2005 fue presidente de la Asociación en Defensa de los Condenados de forma Injusta (Association in Defence of the Wrongly Convicted - ADWC). Buscando una reparación tardía, la ciudad de New Jersey lo declaró miembro del Salón de la Fama del Boxeo y en 1993 el Concejo Mundial (CMB) le otorgó un cinturón honorario de campeón mundial. La historia de Carter fue llevada al cine en la película "The Hurricane" de 1999 bajo la dirección de Norman Jewison y el papel estelar a cargo de Denzel Washington. La otra cara de la moneda, en un empeño por desactivar toda motivación racial y documentar la integridad del caso judicial que llevó a Carter a prisión desde una perspectiva argumental, aborda la generalidad de temas polémicos desde el sitio web de Cal Deal.



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viernes, abril 03, 2009

Los detalles de Durán vs Davey Moore

Luego de un cono de sombras de tres años
Roberto "Manos de Piedra" Durán volvió a
conmocionar al Mundo del Boxeo y tomó su
lugar en la Historia y entre los Más Grandes







DURAN VS DAVEY MOORE
Regreso de Ensueño
16 junio 1983
Madison Square Garden, NYC

Dos de las mayores apoteosis latinas de todos los tiempos, cuyo mero recuerdo eriza todavía la piel de los hispanoparlantes, fueron conquistadas por Roberto “Manos de Piedra” Durán . Una ante Ray Leonard (título welter WBC 1980) y otra ante Davey Moore (título mediano Junior – 1983).

Especialmente esta última tiene elementos que confieren ribetes de divinización al panameño, porque reúne en una sola pieza la totalidad de los ingredientes de que se nutren los mitos.

La esencia del boxeo más emotivo, es la que sube a escena el 16 de junio de 1983, para arrobarse el espíritu de los miles de espectadores llegados hasta en el Madison Square Garden de Nueva York y de los millones de televidentes atraídos a la pantalla, por esa inconfundible fragancia en que se ven envueltos los hitos históricos antes de nacer.

El antiguo romano Plinio el Viejo quizas tendría la frase más elocuente para resumir el aturdimiento que a veces generan los resultados más impensados del boxeo: “el dolor tiene detalles desgarradores.”

E invirtiendo la polaridad de la máxima de Plinio, se podría hallar otra con igual verosimilitud: “el júbilo tiene detalles apoteóticos.” Y en este caso, más que nunca, ambas emociones vienen con ese tipo de "detalles" esparcidos hacia cualquier lugar adonde se mire.
 

Para llegar al nervio de la importancia histórica que envolvía a esta contienda, hay que empezar por rebobinar la carrera del Cholo y repasar sus presentaciones en el Madison.

El MSG había sido la plaza del estreno de Durán en Estados Unidos (KO1 ante Benny Huertas) y la de su primera obtención de título mundial (el ligero de la AMB por KOT13 ante Ken Buchanan). También la de su primer derrota profesional, en 1970 (DU ante Esteban De Jesus) y la de su primera defensa de un segundo cinturón ligero (CMB) en 1978 (DU ante Adolfo Viruet) estirando por entonces la racha ganadora más larga de su carrera (41 victorias consecutivas) que solo se interrumpiría en 1981 en la revancha ante Ray Leonard, aquella célebre velada del "No más."

Esa farsa de pleito que fue Leonard-Durán II, tan endeble al análisis serio como cualquier observador en sus cabales lo pueda entender, es lo que modela desde principio de los '80 toda la efervescente personalidad del boxeo norteamericano y lo que formó la grieta lastimosa, entre aquello que representa la gloria tangible del boxeo de "Manos de Piedra" y lo que es la controversial imágen pública del oriundo del Chorrillo, disociándole a causa de sus propios desmanejos y de sus reiteradas inconductas, de la merecida idolatría de TODOS los latinos, como aquella surgida después de la épica hazaña de Montreal.

Como sea que pueda digerirse la extraña actitud del panameño en aquella infame definición de "YO NO BOXEO CON EL PAYASO" ("traducida" más extrañamente todavía por el comentarista Howard Cosell como "NO MAS"), la misma tuvo un efecto calamitoso en la vida profesional del panameño, que más allá de la evidente mella a su prestigio, desembocó en la pérdida de la motivación de antaño, en el desapego a la preparación atlética, en las definitivamente malas perfomances ante Wilfredo Benitez y luego ante su ex sparring Kirkland Laing (dos derrotas consecutivas por puntos y sin atenuantes) que produjeron la defección de los entrenadores de Durán, Ray Arcel y Freddie Brown primero, y le significaron también la espalda definitiva de su paternal promotor Don King. Se hablaba que King había hecho grandes planes con Durán para su pelea del siglo con el "Torito" Tony Ayala, pero ambos boxeadores se empeñaron en arruinarle los sueños al hirsuto promotor.

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Y allí está una de las puntas del ovillo, porque luego del penoso default ante Kirkland (calificado por The Ring Magazine como "Sorpresa del Año" 1982), Durán tocó fondo y salió de esa encrucijada, de la misma manera en que solía hacerlo dentro del ring: pasando imprevistamente a la ofensiva de manera impetuosa.

Se cruzó de vereda hacia las filas de Bob Arum, donde fue admitido no sin muchas reservas. Y fue precisamente el organizador de combates del Madison, Teddy Brenner, el que lo convenció a Arum de renovarle los créditos al de Panamá. Brenner comprendía mejor que nadie que Durán, a sus 30 años, solo necesitaba ponerse nuevamente en forma física y mental para volver al tope del candelero. Pero la recuperación no sería instantánea, ni fácil y deberían acompañarlo y vigilarlo atentamente en ese proceso.

La primer pelea de la era Arum fue ante el británico Jimmy Batten, y la victoria por puntos de un excedido Durán de 157 libras no daba todavía la mejor idea de una recuperación. La apuesta de Top Rank, de cuya nota daba cuenta la bolsa exigua de 25000 dólares que le pagaron al Cholo, no se agotaba en una sola pelea. Por eso la siguiente movida fue algo mayor. Para Enero del '83, Arum llevó a Roberto Durán hasta Los Angeles para poner a prueba la seriedad de su inversión en una contienda definitiva para la carrera de dos estrellas hispanas. El de Chorrillos, al igual que el mexicano Pipino Cuevas, estaban en un momento de sus carreras en el que detener el regreso a los primeros planos, justo delante de una devaluada figura del pasado hubiera significado casi el final de la novela.


Antes de subir al ring con Cuevas, la recuperación constante del panameño había dado lugar a especulaciones sobre una futura chance por el título mediano junior con el campeón AMB, Davey Moore.

Por eso, luego de la rotunda victoria por KOT4 sobre Pipino, esas especulaciones se transformaron en un hecho consumado. Durán había vuelto a mostrar lo mejor de su pasado: su rapidéz, su explosividad, su precisión, su fuerza y su ferocidad indómita para caminar directo hacia los bombazos del mexicano y la efectividad de sus arrestos, de apariencia confusa pero siempre labrados de técnica y de talento.

Las esperanzas de ese "pueblo" incondicional que seguía a Durán, ese que había sido llamado a silencio entre el '80 y el '82, pero que siempre había habitado a las sombras de su glorioso estilo, ahora se sentía "armado" por un par de triunfos modestos pero que representaban un enorme auspicio para la merecida redención histórica del más popular de todos los boxeadores de habla hispana.



Pero el musculoso neoyorkino, del barrio de Bronx, Davey Moore, parecía algo todavía muy lejano para las chances del Cholo. Tenía solo 24 años y estaba en el boxeo desde los 15. Fue amateur hasta los 21 y cosechó 4 títulos de "Guantes de Oro" en New York, antes de hacerse profesional en 1980. Estaba invicto y sus últimos 9 combates habían sido victorias por la vía del sueño. Respecto del panameño tenía todas las ventajas de presentación: era más jóven, era más alto, tenía mayor alcance, estaba en su plenitud, no acumulaba castigo ni frustraciones. Y por una rara situación iba a terminar favorecido también por la localía geográfica, ya que en principio el match no estaba pactado para hacerse en el Madison de Nueva York.

El plan inicial, encajaba esta pelea entre Moore y Durán, en una cartelera que tendría lugar en la ciudad sudafricana de Sun City-Bophuthatswana y donde compartiría el rol protagónico con otra pelea por título mundial entre Ray Mancini y kenny Bogner, y ambas como entremés para un concierto de Frank Sinatra. Pero una lesión inesperada de Mancini hizo despegar las agendas y llevó a Durán de regreso al escenario de sus antiguos brillos.

Davey era el típico campeón joven post-Leonard, moreno, de estilo impetuoso y superatlético, bailoteador y bravucón. Su manera de ser extravertida se había repotenciado luego de capturar el título ante el invicto nipón Tadashi Mihara, en Tokyo y por un KOT6.


"Duran fue un gran peso ligero, un buen peso welter y un mediano junior mediocre. Hay una gran diferencia entre pelear tipos de 135 libras y luego pelearles a otros de 154. No solo que no puede estar a la altura atlética, está mucho más viejo y el no es tampoco tan fuerte. Yo no creo que vaya a resultar una pelea demasiado dura. Ya pasó su mejor época hace mucho tiempo y yo todavía me estoy acercando a la que será la mía." (Davey Moore en declaraciones a UP International)

Para replicar a esas palabras de una manera adecuada, Durán se preparó tan duramente en el gimnasio como quizás nunca antes en toda su carrera, o por lo menos, como no lo hacía desde al menos tres años. Estaba muy confiado en su preparación y sobre todo en su potencia readecuada por encima de las 152 libras. Por eso, algo de la dramática historia que estaba por suceder comenzó a filtrarse en el momento del pesaje oficial. Durán clavó una inverosímil marca de 152 1/2, con una libra y media por debajo del límite. Davey Moore en cambio, tuvo que transpirar 2 libras para bajar al borde máximo del reglamento.

La localía geográfica del Bronx, fue otro detalle patético del drama por llegar. De las 20.061 localidades, con que por primera vez en 10 años se volvían a agotar las ventas de boletería del Madison, una amplia y rabiosa mayoría estaba allí para alentar al de "Manos de Piedra".

El ambiente de delirio de las grandes noches de boxeo, la presencia de innumerables VIP en el ringside, el griterío ensordecedor y el calor humano en medio del verano neoyorkino, eran algunos de los tantos intangibles que no habían sido adecuadamente sopesados por los apostadores cuando volcaron el peso del favoritismo en favor del campeón Davey Moore en razón de 5-2.

Y el pavor ausente por el desenlace más imprevisto de todos, era los que parecía animar a un distendido Davey Moore ese 16 de junio de 1983, cuando previo al comienzo de la carnicería que se le iba a venir, realizaba sus movimientos de swing dancing, al compáz de una música imaginaria, instantes antes del tañido de la primera campana.

El desastre tiene detalles desgarradores. La seriedad de las intenciones de Durán se pusieron de manifiesto apenas transcurridos 2 minutos del primer round. Un terrible derechazo sobre la cara del moreno y un gancho al cuerpo terminaron para siempre con las pretensiones de Davey Moore de llevar la pelea "fácil", desde la larga distancia y desde los bailoteos. A partir de ese momento la intensidad de los golpes que ganan la discusión en esta batalla, dan a entender que las cosas van a ser a vida o muerte.

Davey se bate por la defensa de un título mundial, pero Durán lo hace por el derecho a la gloria que le aguarda en el horizonte cercano. Uno sabiéndose superior en poderío atlético y en vigencia, el otro sabiéndose genuino campeón por historia, por jerarquía, por nobleza y por corazón, los dos experimentan la misma sensación de prevalencia.

A mitad de camino del segundo round, y cuando después de desgranarse reciprocamente varias pesadas salvas de fuego y de acero, Roberto Durán lo manda a Moore violentamente contra las cuerdas y el estadio se envuelve como en un pandemonium de locura, recién ahí pareciera comprender Moore, que está parado "en el lugar y en el momento histórico equivocados".




Durán combina un extraordinario trabajo al cuerpo de Moore, con el empuje de una ferocidad descomunal e incesante, que lleva al pleito por un cause de desgaste descarnado que pronto cobrará huellas visibles en la cara del neoyorkino. El pómulo y las dos cejas del campeón se inflaman hasta cerrarle la visión casi por completo.

A partir del tercer capítulo, las formas de una Pelea de Leyenda se hacen nítidas ante la vista de los azorados espectadores. El júbilo en los cantos de "Du-rán!, Du-rán!" acompaña el paseo triunfal del gladiador panameño que hasta sonríe en la contemplación fatal del rostro sangrante y del cansancio extenuado del talento americano. A solo 16 segundos para el final del séptimo round, una combinación furibunda de izquierda y derecha al rostro del campeón, lo deja sentado en la lona justo al borde de las cuerdas.

El castigo despiadado con el que Durán -en concenso con la impiedad del árbitro Ernesto Magaña- somete al jóven Davey Moore a la paliza más grande de su vida, terminan solo con el vuelo de la toalla por parte de su rincón.

Durán salía de su propio eclipse, para inmortalizar su nombre en la historia del boxeo y bañarse de Gloria. Como se dice habitualmente en estos casos "volvía de sus cenizas".Y ocurrió en el mismo día de su cumpleaños número treinta y uno. Porque las emociones fuertes siempre tienen esos detalles conmovedores.


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