viernes, abril 03, 2009

Los detalles de Durán vs Davey Moore

Luego de un cono de sombras de tres años
Roberto "Manos de Piedra" Durán volvió a
conmocionar al Mundo del Boxeo y tomó su
lugar en la Historia y entre los Más Grandes







DURAN VS DAVEY MOORE
Regreso de Ensueño
16 junio 1983
Madison Square Garden, NYC

Dos de las mayores apoteosis latinas de todos los tiempos, cuyo mero recuerdo eriza todavía la piel de los hispanoparlantes, fueron conquistadas por Roberto “Manos de Piedra” Durán . Una ante Ray Leonard (título welter WBC 1980) y otra ante Davey Moore (título mediano Junior – 1983).

Especialmente esta última tiene elementos que confieren ribetes de divinización al panameño, porque reúne en una sola pieza la totalidad de los ingredientes de que se nutren los mitos.

La esencia del boxeo más emotivo, es la que sube a escena el 16 de junio de 1983, para arrobarse el espíritu de los miles de espectadores llegados hasta en el Madison Square Garden de Nueva York y de los millones de televidentes atraídos a la pantalla, por esa inconfundible fragancia en que se ven envueltos los hitos históricos antes de nacer.

El antiguo romano Plinio el Viejo quizas tendría la frase más elocuente para resumir el aturdimiento que a veces generan los resultados más impensados del boxeo: “el dolor tiene detalles desgarradores.”

E invirtiendo la polaridad de la máxima de Plinio, se podría hallar otra con igual verosimilitud: “el júbilo tiene detalles apoteóticos.” Y en este caso, más que nunca, ambas emociones vienen con ese tipo de "detalles" esparcidos hacia cualquier lugar adonde se mire.
 

Para llegar al nervio de la importancia histórica que envolvía a esta contienda, hay que empezar por rebobinar la carrera del Cholo y repasar sus presentaciones en el Madison.

El MSG había sido la plaza del estreno de Durán en Estados Unidos (KO1 ante Benny Huertas) y la de su primera obtención de título mundial (el ligero de la AMB por KOT13 ante Ken Buchanan). También la de su primer derrota profesional, en 1970 (DU ante Esteban De Jesus) y la de su primera defensa de un segundo cinturón ligero (CMB) en 1978 (DU ante Adolfo Viruet) estirando por entonces la racha ganadora más larga de su carrera (41 victorias consecutivas) que solo se interrumpiría en 1981 en la revancha ante Ray Leonard, aquella célebre velada del "No más."

Esa farsa de pleito que fue Leonard-Durán II, tan endeble al análisis serio como cualquier observador en sus cabales lo pueda entender, es lo que modela desde principio de los '80 toda la efervescente personalidad del boxeo norteamericano y lo que formó la grieta lastimosa, entre aquello que representa la gloria tangible del boxeo de "Manos de Piedra" y lo que es la controversial imágen pública del oriundo del Chorrillo, disociándole a causa de sus propios desmanejos y de sus reiteradas inconductas, de la merecida idolatría de TODOS los latinos, como aquella surgida después de la épica hazaña de Montreal.

Como sea que pueda digerirse la extraña actitud del panameño en aquella infame definición de "YO NO BOXEO CON EL PAYASO" ("traducida" más extrañamente todavía por el comentarista Howard Cosell como "NO MAS"), la misma tuvo un efecto calamitoso en la vida profesional del panameño, que más allá de la evidente mella a su prestigio, desembocó en la pérdida de la motivación de antaño, en el desapego a la preparación atlética, en las definitivamente malas perfomances ante Wilfredo Benitez y luego ante su ex sparring Kirkland Laing (dos derrotas consecutivas por puntos y sin atenuantes) que produjeron la defección de los entrenadores de Durán, Ray Arcel y Freddie Brown primero, y le significaron también la espalda definitiva de su paternal promotor Don King. Se hablaba que King había hecho grandes planes con Durán para su pelea del siglo con el "Torito" Tony Ayala, pero ambos boxeadores se empeñaron en arruinarle los sueños al hirsuto promotor.

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Y allí está una de las puntas del ovillo, porque luego del penoso default ante Kirkland (calificado por The Ring Magazine como "Sorpresa del Año" 1982), Durán tocó fondo y salió de esa encrucijada, de la misma manera en que solía hacerlo dentro del ring: pasando imprevistamente a la ofensiva de manera impetuosa.

Se cruzó de vereda hacia las filas de Bob Arum, donde fue admitido no sin muchas reservas. Y fue precisamente el organizador de combates del Madison, Teddy Brenner, el que lo convenció a Arum de renovarle los créditos al de Panamá. Brenner comprendía mejor que nadie que Durán, a sus 30 años, solo necesitaba ponerse nuevamente en forma física y mental para volver al tope del candelero. Pero la recuperación no sería instantánea, ni fácil y deberían acompañarlo y vigilarlo atentamente en ese proceso.

La primer pelea de la era Arum fue ante el británico Jimmy Batten, y la victoria por puntos de un excedido Durán de 157 libras no daba todavía la mejor idea de una recuperación. La apuesta de Top Rank, de cuya nota daba cuenta la bolsa exigua de 25000 dólares que le pagaron al Cholo, no se agotaba en una sola pelea. Por eso la siguiente movida fue algo mayor. Para Enero del '83, Arum llevó a Roberto Durán hasta Los Angeles para poner a prueba la seriedad de su inversión en una contienda definitiva para la carrera de dos estrellas hispanas. El de Chorrillos, al igual que el mexicano Pipino Cuevas, estaban en un momento de sus carreras en el que detener el regreso a los primeros planos, justo delante de una devaluada figura del pasado hubiera significado casi el final de la novela.


Antes de subir al ring con Cuevas, la recuperación constante del panameño había dado lugar a especulaciones sobre una futura chance por el título mediano junior con el campeón AMB, Davey Moore.

Por eso, luego de la rotunda victoria por KOT4 sobre Pipino, esas especulaciones se transformaron en un hecho consumado. Durán había vuelto a mostrar lo mejor de su pasado: su rapidéz, su explosividad, su precisión, su fuerza y su ferocidad indómita para caminar directo hacia los bombazos del mexicano y la efectividad de sus arrestos, de apariencia confusa pero siempre labrados de técnica y de talento.

Las esperanzas de ese "pueblo" incondicional que seguía a Durán, ese que había sido llamado a silencio entre el '80 y el '82, pero que siempre había habitado a las sombras de su glorioso estilo, ahora se sentía "armado" por un par de triunfos modestos pero que representaban un enorme auspicio para la merecida redención histórica del más popular de todos los boxeadores de habla hispana.



Pero el musculoso neoyorkino, del barrio de Bronx, Davey Moore, parecía algo todavía muy lejano para las chances del Cholo. Tenía solo 24 años y estaba en el boxeo desde los 15. Fue amateur hasta los 21 y cosechó 4 títulos de "Guantes de Oro" en New York, antes de hacerse profesional en 1980. Estaba invicto y sus últimos 9 combates habían sido victorias por la vía del sueño. Respecto del panameño tenía todas las ventajas de presentación: era más jóven, era más alto, tenía mayor alcance, estaba en su plenitud, no acumulaba castigo ni frustraciones. Y por una rara situación iba a terminar favorecido también por la localía geográfica, ya que en principio el match no estaba pactado para hacerse en el Madison de Nueva York.

El plan inicial, encajaba esta pelea entre Moore y Durán, en una cartelera que tendría lugar en la ciudad sudafricana de Sun City-Bophuthatswana y donde compartiría el rol protagónico con otra pelea por título mundial entre Ray Mancini y kenny Bogner, y ambas como entremés para un concierto de Frank Sinatra. Pero una lesión inesperada de Mancini hizo despegar las agendas y llevó a Durán de regreso al escenario de sus antiguos brillos.

Davey era el típico campeón joven post-Leonard, moreno, de estilo impetuoso y superatlético, bailoteador y bravucón. Su manera de ser extravertida se había repotenciado luego de capturar el título ante el invicto nipón Tadashi Mihara, en Tokyo y por un KOT6.


"Duran fue un gran peso ligero, un buen peso welter y un mediano junior mediocre. Hay una gran diferencia entre pelear tipos de 135 libras y luego pelearles a otros de 154. No solo que no puede estar a la altura atlética, está mucho más viejo y el no es tampoco tan fuerte. Yo no creo que vaya a resultar una pelea demasiado dura. Ya pasó su mejor época hace mucho tiempo y yo todavía me estoy acercando a la que será la mía." (Davey Moore en declaraciones a UP International)

Para replicar a esas palabras de una manera adecuada, Durán se preparó tan duramente en el gimnasio como quizás nunca antes en toda su carrera, o por lo menos, como no lo hacía desde al menos tres años. Estaba muy confiado en su preparación y sobre todo en su potencia readecuada por encima de las 152 libras. Por eso, algo de la dramática historia que estaba por suceder comenzó a filtrarse en el momento del pesaje oficial. Durán clavó una inverosímil marca de 152 1/2, con una libra y media por debajo del límite. Davey Moore en cambio, tuvo que transpirar 2 libras para bajar al borde máximo del reglamento.

La localía geográfica del Bronx, fue otro detalle patético del drama por llegar. De las 20.061 localidades, con que por primera vez en 10 años se volvían a agotar las ventas de boletería del Madison, una amplia y rabiosa mayoría estaba allí para alentar al de "Manos de Piedra".

El ambiente de delirio de las grandes noches de boxeo, la presencia de innumerables VIP en el ringside, el griterío ensordecedor y el calor humano en medio del verano neoyorkino, eran algunos de los tantos intangibles que no habían sido adecuadamente sopesados por los apostadores cuando volcaron el peso del favoritismo en favor del campeón Davey Moore en razón de 5-2.

Y el pavor ausente por el desenlace más imprevisto de todos, era los que parecía animar a un distendido Davey Moore ese 16 de junio de 1983, cuando previo al comienzo de la carnicería que se le iba a venir, realizaba sus movimientos de swing dancing, al compáz de una música imaginaria, instantes antes del tañido de la primera campana.

El desastre tiene detalles desgarradores. La seriedad de las intenciones de Durán se pusieron de manifiesto apenas transcurridos 2 minutos del primer round. Un terrible derechazo sobre la cara del moreno y un gancho al cuerpo terminaron para siempre con las pretensiones de Davey Moore de llevar la pelea "fácil", desde la larga distancia y desde los bailoteos. A partir de ese momento la intensidad de los golpes que ganan la discusión en esta batalla, dan a entender que las cosas van a ser a vida o muerte.

Davey se bate por la defensa de un título mundial, pero Durán lo hace por el derecho a la gloria que le aguarda en el horizonte cercano. Uno sabiéndose superior en poderío atlético y en vigencia, el otro sabiéndose genuino campeón por historia, por jerarquía, por nobleza y por corazón, los dos experimentan la misma sensación de prevalencia.

A mitad de camino del segundo round, y cuando después de desgranarse reciprocamente varias pesadas salvas de fuego y de acero, Roberto Durán lo manda a Moore violentamente contra las cuerdas y el estadio se envuelve como en un pandemonium de locura, recién ahí pareciera comprender Moore, que está parado "en el lugar y en el momento histórico equivocados".




Durán combina un extraordinario trabajo al cuerpo de Moore, con el empuje de una ferocidad descomunal e incesante, que lleva al pleito por un cause de desgaste descarnado que pronto cobrará huellas visibles en la cara del neoyorkino. El pómulo y las dos cejas del campeón se inflaman hasta cerrarle la visión casi por completo.

A partir del tercer capítulo, las formas de una Pelea de Leyenda se hacen nítidas ante la vista de los azorados espectadores. El júbilo en los cantos de "Du-rán!, Du-rán!" acompaña el paseo triunfal del gladiador panameño que hasta sonríe en la contemplación fatal del rostro sangrante y del cansancio extenuado del talento americano. A solo 16 segundos para el final del séptimo round, una combinación furibunda de izquierda y derecha al rostro del campeón, lo deja sentado en la lona justo al borde de las cuerdas.

El castigo despiadado con el que Durán -en concenso con la impiedad del árbitro Ernesto Magaña- somete al jóven Davey Moore a la paliza más grande de su vida, terminan solo con el vuelo de la toalla por parte de su rincón.

Durán salía de su propio eclipse, para inmortalizar su nombre en la historia del boxeo y bañarse de Gloria. Como se dice habitualmente en estos casos "volvía de sus cenizas".Y ocurrió en el mismo día de su cumpleaños número treinta y uno. Porque las emociones fuertes siempre tienen esos detalles conmovedores.


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2 comentarios:

Rapote dijo...

¡Excelente Vin!

Las palabras de Moore... ¡Uff! Los boxeadores deberían tenerlas enmarcadas para medir las propias antes de un combate.

Lo de Cosell fué infame. Y enseguida se le 'colgaron' los gringos promocionando el "No Más" que El Cholo nunca pronunció.

Tuve la dicha de conocer personalmente a Roberto, y es tan grande fuera del ring como lo fué dentro.

¡Un abrazo amigo!
Rapote

Anónimo dijo...

duran uno de los boxeadores mas grande de toda la historia